domingo, 11 de diciembre de 2016

Hoy es un jueves cualquiera a mediados de un mes de otoño. Termino de batir el último yogur natural que añado deprisa a la macedonia de frutas y salgo corriendo para cenar en Casa Mambré. Empecé a ir allí hace unos meses. Al principio, con curiosidad y pensando que mi presencia allí podría ayudar algo. Casi obligado por lo que creía mi consciencia o quizás por algún prototipo prefabricado desde fuera de mí. No iba todos los días, sólo cuando podía. Y casi sin darme cuenta estas cenas van cambiando. Ahora que mis amigos más antiguos van teniendo vidas más ocupadas entre semana, busco nuevas personas con las que estar. Y voy sintiendo necesidad de estar con estos nuevos amigos de Casa Mambré. De preguntarles, pero también de contarles yo mis alegrías y preocupaciones. A veces no puedo ir   y me siento igual de bien o de mal que cuando quedaba con la pandilla del gimnasio o con la del trabajo. Todo empieza a fluir con cierta naturalidad. Y de repente un día me doy cuenta de me están acogiendo. Como en la canción de Luis Guitarra.

¿Quién libera a quién del sufrimiento?
¿Quién acoge a quién en esta casa?
¿Quién llena de luz cada momento?
¿Quién le da sentido a la Palabra?

Y ahora a lo mejor pegaba poner aquí un selfie de todos juntos riendo, pero no me apetece. No cuelgo fotos cada vez que ceno o almuerzo con mis amigos de siempre. ¿Por qué lo iba a hacer ahora?

Javi Ferrer

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