viernes, 28 de agosto de 2015

TESTIMONIO DESDE NADOR

Ana Saenz comparte sus vivencias de este verano en Nador:
Agradecida por tanto bien recibido.
Hace mucho tiempo que trabajo con mujeres en situaciones de marginación y ahora sobre todo mujeres inmigrantes.
A través de las religiosas de Villa Teresita conocí el duro viaje de estas mujeres que son captadas en sus países de origen: Senegal, Camerún, Mali pero sobre todo Nigeria.  
En estos países se viven situaciones de pobreza y las familias envían a sus hijos/hijas a Europa en busca de una vida mejor  y así poder enviar dinero a sus familias que lo están pasando francamente mal.
En el caso de las mujeres nigerianas, son las mafias las que captan a las mujeres y las introducen en estas redes que las traen a Europa. Las familias son engañadas ya que sus hijas no van a buscar un puesto de trabajo sino que ya están destinadas a ejercer la prostitución y, de esta manera, “pagar la deuda que han adquirido”.
El verano pasado hice por primera vez esta experiencia. Estuve de voluntaria con el equipo de la Delegación de Migraciones de la Iglesia Católica de Tánger en Nador. Nuestra tarea era la de conectar con los miles y miles de subsaharianos que esperan en los montes de Nador, ciudad fronteriza con Melilla, escondidos en los montes hasta que se organizan para saltar la valla o pasar en patera hacia las costas españolas. Atendemos primordialmente sus necesidades de salud: las mujeres se quedan embarazadas, abortan, tienen problemas durante el embarazo, los niños tienen infecciones como nuestros niños y los hombres enferman y sobre todo son apaleados por la policía marroquí al intentar saltar la valla y sufren fracturas, y heridas que deben ser atendidas casi siempre en el hospital. Además tienen problemas buco-dentales, como los tenemos todos, y han de ser vistos por un dentista.
Ellos nos llaman y el Equipo va a atenderlos en dos coches todoterreno, cerca de sus asentamientos, y desde allí se les traslada a los Centros de Salud o a las Urgencias del Hospital de Nador para ser atendidos por el Sistema Sanitario marroquí.
Las jornadas son muy intensas ya que intentamos llevarlos desde los distintos asentamientos y luego recogerlos para devolverlos a los campamentos. Además atendemos a los que se quedan ingresados, a las mujeres que han dado a luz o a las que han precisado cesárea. Les acompañamos en el hospital, intentamos informarnos de su evolución hablando con los médicos y se les lleva comida y ropa limpia ya que el hospital de la ciudad tiene muy pocos recursos para toda la población que atiende. Cuando les dan de alta, y antes de que suban de nuevo a los montes, están unos días en seis habitaciones que han sido construidas dentro del recinto de la Delegación - Iglesia en Nador. Allí dos religiosas franciscanas los atienden hasta que están recuperados para volver al monte.
Y mi actividad transcurre entre los viajes al monte, acompañarlos a los Centros de Salud, en el hospital, y en la maternidad con las mujeres y los niños.
Por las tardes, como me quedaba “algo de tiempo”, acudía a la Darhería (una especie de casa de beneficencia a cargo del Estado marroquí)) en la que colaboran dos religiosas Hermanas de la Caridad, donde están “los que nadie quiere”, personas en su mayoría deficientes psíquicos o físicos, que han sido abandonados por sus familias o enviados desde el hospital al alta, donde viven el resto de sus vidas.  Allí nunca sobran manos para darles de comer, asearlos, o simplemente escucharlos, aunque no entiendas su idioma, porque el acompañar a alguien es siempre consolador.
El año pasado volví impactada, herida, sufriente por todo lo que vi. Cuando alguien me preguntaba por cómo me había ido era raro que no me emocionara y en ocasiones se me ponía una bola en la garganta que me impedía hablar. Tardé unos días en poder verbalizar todo lo que había vivido y sentido. Este año he vuelto mejor, más entera, más madura. Las situaciones que he vivido han sido igual de duras que las que me encontré el año pasado pero yo he podido entrenarme para encajar la dureza del sufrimiento de otra manera.
Ahora vuelvo a mi trabajo en Cuidados Paliativos, enriquecida y agradecida para continuar con la tarea de acompañar a las personas en situaciones de sufrimiento en la vida. Creo que esa es la tarea para lo que Dios me quiere y dónde Dios me quiere; en Sevilla o en Nador, en los domicilios, en el monte, o en el hospital…
 “Agradecida por tanto bien recibido”, como diría San Ignacio, para  “en todo amar y servir”.

Ana Saenz, CVX en Sevilla

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